viernes, 29 de octubre de 2010

Los silos del SENPA


Benavente. Antiguo silo en la Plaza de Santa Clara, ya destruido.

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Benavente. Silo en Los Salados.
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El silo de San Esteban del Molar.
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Silo y almacenes en Barcial del Barco.
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Denominamos Silo a todo lugar subterráneo y seco en donde se guarda el trigo u otros granos, semillas o forrajes. También aplicamos este nombre, en la actualidad, a los edificios, más o menos elevados, construidos sobre el terreno, para los mismos fines, e incluso otros como almacenar maíz, azúcar, cemento, piensos, etc.
Pero aquí voy a referirme, de modo especial, a aquellos que fueron construidos casi todos por el Ministerio de Agricultura, cuando se creó el SENPA (Servicio Nacional de Productos Agrarios), allá por el año 1937, y que han servido hasta fecha muy reciente para almacenar principalmente éste y otros cereales en la época de la recolección. Este servicio fue fundado por el ingeniero agrónomo D. Dionisio Martín Sanz, natural de Tudela de Duero y subsecretario del Ministerio de Agricultura en aquellos años.
Tenía como finalidad ordenar la producción y distribución del trigo con una política de precios garantizados para los agricultores. Había, por aquellos años, grandes problemas de abastecimiento y los silos eran necesarios, después de la guerra civil, para regular el mercado de un producto alimentario tan esencial como era el pan. De esta forma se contaba con la materia prima, el trigo, y se evitaba, en lo posible, el hambre de la posguerra.
Incluso se creó la Red Nacional de Silos distribuidos por todo el Estado. Uno de los primeros y más llamativos fue el de Málaga, construido en el año1946. En esta década y las siguiente se construyeron gran parte de ellos.
Hoy, al desaparecer el organismo citado, han dejado de utilizarse casi todos, o al menos para el fin para el que fueron construidos. Los agricultores llevan directamente el trigo, en sus tractores o en camiones, a las fábricas de harinas o de piensos, sin tener que ser almacenado en el silo. Esto ha originado el que algunos se utilicen con fines distintos y otros hayan sido destruidos.
Los silos del SENPA eran y son edificios de gran altura, casi todos con el mismo tipo de construcción e incluso el color exterior, indicativo claro del mismo dueño, el Estado. Y llaman la atención al verlos de lejos. Son edificios emblemáticos, y ya históricos, indicadores de una época, y también, como no, de una forma de vida, de trabajo y de recolección de las cosechas, que predominaba en toda Castilla y León y en el resto de España.
Se construían a las afueras de las ciudades, no lejos de vías de comunicación. Incluso en la misma estación del ferrocarril, si el pueblo contaba con estación. Así ocurre en Barcial del Barco, en donde todavía se puede contemplar el silo. No lejos de aquí podemos ver también el existente en La Tabla, en estado de abandono. Y, si nos fijamos, en la mima capital, Zamora, allí está el silo, destacando muy cerca de la estación del tren.
Los silos para almacenar trigo son abundantes en Tierra de Campos en donde había y hay un mayor cultivo de este cereal. Los construyeron, principalmente, en las ciudades, pero también en pueblos de mayor población, sean centros comarcales como Benavente, Villalpando, Valderas, Valencia de D. Juan, Mayorga, Sahagún de Campos, etc., o en localidades menores, al menos en la actualidad, pero en las que las tierras dedicadas al cultivo, y la misma producción, también destacaban: Barcial del Barco, Cerecinos de Campos, Becilla de Valderaduey, etc.
En algunos lugares, aunque el silo estaba a las afueras, como ya he dicho, al aumentar la población y la urbanización, quedó dentro del casco urbano con las consiguientes molestias para los vecinos, sobre todo cuando estaba en actividad en la época de la recolección. También llamaba la atención la altura del edificio en su entorno urbano. Así ocurrió en Benavente con el que había en la Plaza de Santa Clara, que terminó siendo destruido hace ya varios años, antes de pensar en reutilizarlo para otros servicios públicos de tipo social, o cultural y recreativo. El silo hizo un gran servicio en una población que iba en aumento.
La verdad es que destacaba, en exceso, en medio de la urbe, aunque fuese, como todos, una referencia más en la misma. De hecho posteriormente se construyó otro en el pago Los Salados que aún se mantiene en pie y en uso, aunque no sea con el mismo fin, pero siempre sirviendo para algo relacionado con la agricultura.
Los silos, por su forma, al menos los construidos en los últimos años, parece que responden a un modelo único. Son como hitos que identifican a algunos pueblos y que los distinguen, como si fueran faros marinos en estas llanuras de los campos de León y de Castilla.
En torno a los silos se desarrollaba un tipo de vida muy particular sobre todo cuando comenzaba la época de la recolección y los carros se acercaban a ellos para entregar los cereales. Era una época en la que se cultivaba más trigo, y otros cereales.
Hoy existen muchos y variados silos, en su forma y tipo de construcción, y se utilizan para contener los más diversos materiales: piensos, arena, cemento, maíz, líquidos, abonos, cereales, etc., y también azúcar como los que se construyeron para la, recientemente desaparecida, Azucarera de Villanueva de Azogue y que se contemplan desde la lejanía.
Pero lo que hemos querido dejar reflejado aquí es un modelo solamente, el que se construyó en la posguerra con un fin determinado y también por una necesidad. Su existencia nos hace recordar el pasado y una forma más de la vida de los habitantes.
Sería conveniente que los silos existentes, que ya no cumplen con la finalidad para la que fueron construidos, se dediquen a otros fines, siempre al servicio de la comunidad y de los ciudadanos. En algunos lugares de España así lo han hecho y, tras la remodelación pertinente, se han convertido en casas de cultura, con bibliotecas, salas de exposiciones y otros servicios. Incluso algunos, en su cubierta, disponen de una terraza con mirador desde donde vecinos, forasteros y turistas, que pasan por el lugar, pueden contemplar los paisajes del entorno.

sábado, 23 de octubre de 2010

Cunquilla de Vidriales.


Vista general de Cunquilla de Vidriales, jundo al arroyo Almucera.

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La iglesia con la espadaña rota y el cementerio junto a ella.
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Las campanas de Cunquilla colocadas frente a la puerta de entrada a la iglesia.
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La puerta de entrada a la iglesia.
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El artesonado de la iglesia.
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El retablo mayor o central dedicado a san Miguel, patrono de la iglesia y del pueblo.
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La antigua panera, hoy pequeño bar, al servicio de los vecinos.
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Edificio, aún conservado, de la antigua fragua.
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Algunas de las bodegas que hay en el pueblo.
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La calle mayor, también carretera hacia otros pueblos del valle de Vidriales.
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Cunquilla es un pequeño pueblo del Valle de Vidriales, situado muy cerca del arroyo Almucera, arroyo que, algunos años, al desbordarse, inunda casas y tierras de la ribera. Pertenece, junto con Grijalba, al ayuntamiento de Granucillo, con el que limita al Oeste, mientras que, al Este, lo hace con Brime de Urz.
Su nombre se deriva, seguramente, del latín conc(h)a-(cuenca), con la evolución pertinente conc-/cunc-/cunq-, y en el sentido que esta raíz tiene de valle bajo, profundo y entre montañas. Madoz, en su diccionario, dice de Cunquilla que es "el pueblo que está situado en lo más bajo y estrecho del Valle de Vidriales". Por otra parte el diminutivo, también de origen latino -ella (-illa), con el significado de pequeño, es común a otros pueblos del valle como Vecilla y Quintanilla. En Cunquilla, pues, se trataría de una pequeña cuenca. Efectivamente, por su situación, vemos que es así. Está al lado del arroyo, con una pequeña ribera, y entre la sierra y el monte, más elevados, pero no muy lejanos.
Su población, que, según Madoz, era de 35 casas y 140 habitantes hacia 1850, en la actualidad, ha quedado reducida a menos de la mitad, si no las casas, sí sus moradores o habitantes, que no exceden de treinta o cuarenta. Y es que en Cunquilla vive poca gente, como ocurre en otros pueblos de la comarca de los Valles, en otras comarcas de esta provincia y en toda Castilla y León. Pero son buena gente. De ellos se puede decir aquello de que "son pocos, pero bien avenidos".
Al comenzar a escribir, le apetece a uno hacerlo de esta manera: Cunquilla es un pueblo pequeño, tranquilo, recogido, solitario, agradable de ver desde la sierra o desde el monte, tanto sus casas y sus palomares, como su Iglesia, con la Espadaña herida y rota. Cultivan tierras de cereales, viñas y algo de huerta. Hay plantaciones de castaños, y muchas encinas, robles, urces y jaras. Tiene también tres alcornoques, y un pastor, José, con más de mil ovejas, que, juntos, recorren su estrecho y alargado campo, casi todos los días, en busca del alimento necesario. En Cunquilla, como en todo el Valle, se cazan, desde siempre, perdices, liebres y conejos y, cuando está permitido, zorros y jabalíes. Antiguamente también se pescaban tencas y angulas en su querida y temida Almucera.
Aunque en Cunquilla no estén localizados restos megalíticos, prerromanos y romanos, como ocurre en los pueblos próximos de Granucillo y Brime de Urz, sí fue lugar de paso y asentamiento de civilizaciones antiguas, y el viajero o visitante actual puede, no obstante, ver y contemplar restos y obras medievales, renacentistas y de épocas posteriores. Y no es de extrañar, pues fue, precisamente, a partir del siglo XII, cuando tuvo lugar la repoblación de estas tierras. Pero para ello tendrá que acercarse a su iglesia y, en el exterior, ver su portada, sus ábsides y su Espadaña herida, y en el interior podrá contemplar el artesonado, retablos, imágenes y pila bautismal, obras, casi todas, realizadas a partir del siglo XVI.
Si uno recorre las seis o siete calles de Cunquilla, verá algunas casas construidas con tapial y adobe, otras mas recientes, con ladrillo o piedra. Y en la plaza se topará con una antigua panera, pequeña, como pequeño es el pueblo, pero bien conservada. De forma rectangular, su pared está construida con piedra en los cimientos y base, y el resto con tapial y adobe. El tejado a dos aguas. En su interior, techumbre de madera, que denota antigüedad. Disponía de dos ventanas, de no gran tamaño, que están cerradas con adobes. La panera, de propiedad particular, está en uso, no para lo que antiguamente se construyó, como almacén para el grano, sino que su dueño la ha cedido al pueblo para que sirva de bar, al que atiende puntual y desinteresadamente Martín, principalmente los Domingos, los días festivos, y en los días de caza. Está al servicio de los del pueblo, pero también de los forasteros. Porque a Cunquilla acuden forasteros, principalmente en época de vacaciones, cuando los nacidos allí y emigrados por diversas razones, regresan para pasar unos días. Y lo hacen porque, mejor que recordar, prefieren ver y disfrutar de sus calles, su plaza con la panera, la sierra, el monte, sus bodegas y también su iglesia, que, año tras año, sigue con la Espadaña rota, de lo cual se lamentan.
Además de la panera, vemos a la entrada del pueblo, y muy cerca de la carretera, otro pequeño edificio, con aspecto antiguo, de planta baja, construido en piedra y con pequeñas ventanas. Es la fragua, en la que trabajaba el herrero de Cunquilla, al que nos imaginamos haciendo también de herrador. Dejó de funcionar ya hace muchos años, pero se conserva bien y lo utilizan como almacén.
El viajero percibe en Cunquilla cierta vida, como que se resistiese a desaparecer, a pesar de su disminuida población. Y es que hay algunos jóvenes que no van a dejar que sea así, porque les gusta el campo, la agricultura, la apicultura y el pastoreo. Y también la caza, que puede ser otra fuente de ingresos y de actividad. Además cuenta el pueblo con un joven artesano de la piel que se ha instalado y tiene allí su taller y un pequeño comercio. Lo llaman Timín, por ser el hijo de Timio. El nombre completo de ambos en Eutimio, con origen griego y significado de honradez, dignidad y estima. Con los objetos que fabrica y que no vende en Cunquilla, acude a ferias de artesanía, que se celebran en Benavente o en otros lugares de la provincia de Zamora o de las provincias limítrofes. Ellos, Timín, Martín, Angelín y algunos otros, saben que en su pueblo, si reciben orientación y ayuda, se pueden emprender algunas actividades relacionadas con la agricultura, la ganadería, el medio ambiente y algunos oficios. Además, es evidente, que en el pueblo hay cosas para ver y apreciar, como son su paisaje con el arroyo, la sierra y el monte, la panera y la fragua, sus casas y la iglesia con su Espadaña...
Quien se acerque a la iglesia verá que, frente a la puerta de entrada, están colocadas, en un pequeño muro, las campanas, desde hace ya mucho tiempo. El visitante podrá palparlas, pues están al alcance de la mano, aunque no las toque. Pero están allí como a disgusto, como reclamando y exigiendo su lugar propio, el que tenían hace ya casi 50 años, cuando un rayo, así nos lo han contado, destruyó una parte de la Espadaña, pero que a ellas no las afectó. Y siguen ahí, esperando a que llegue el día en el que, el obispo, el cura, el alcalde del Ayuntamiento, el alcalde pedáneo, los feligreses y todos los amigos del patrimonio consigan, de común acuerdo, la reconstrucción. Hasta entonces la Espadaña de Cunquilla seguirá siendo un símbolo, no muy positivo, en el recorrido por el valle. Y seguirá llamado la atención a los viajeros, pues se ve, a lo lejos, yendo hacia allí, desde los cuatro puntos cardinales. Pero pocos la miran o admiran, de lo contrario no nos explicamos cómo puede haber estado así tantos años.
Ojalá que, muy pronto, en Cunquilla se restaure el artesonado de la iglesia, sus retablos, sus imágenes y también, como no, su Espadaña, que es la que está más a la vista de todos.
Los amigos del Patrimonio piensan que si los pueblos, por pequeños que sean, deben ser conocidos por todos los ciudadanos, mucho más por los dirigentes políticos, sean locales, provinciales o regionales, que son quienes tienen que tomar los acuerdos, en relación con ayudas de todo tipo, necesarias para resolver los problemas. Nuestro deseo es que, lo que hemos escrito, sirva para conocer y atender, por parte de quien corresponda, un poco más y mejor a Cunquilla, este pequeño pueblo del Valle de Vidriales, situado muy cerca del arroyo Almucera.

domingo, 17 de octubre de 2010

Artesonados


Artesonado en el presbiterio. Iglesia de Santa Colomba de las Carabias.

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Iglesia de Santa Colomba de las Monjas.
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Una parte del artesonado en la iglesia de Bercianos de Vidriales.
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Detalle del artesonado. Iglesia de Grijalba de Vidriales.
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Artesonado en el presbiterio de la iglesia de Maire de Castroponce.
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Iglesia de Granucillo de Vidriales.
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Iglesia de Villanueva de Azoague.
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Iglesia de Cunquilla de Vidriales.
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Iglesia de San Cristobal de Entreviñas.
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Iglesia de Villanazar.
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Del griego arton (pan), procede la palabra artesa, ese recipiente, generalmente de madera, cóncavo y cuadrilongo, que servía para preparar la masa con la que se fabricaba el pan, y para otros usos. Relacionada con esta palabra, en cuanto a su origen y en algunos casos por su forma, tenemos las palabras artesonado y artesón. La primera es una armadura, formada y adornada con artesones, siendo estos cada uno de los casetones con molduras y con un florón en el centro de que constan y se adornan los artesonados. En realidad, no otra cosa que auténticas artesas invertidas, nos parecen algunos, al contemplarlos en los techos y bóvedas de iglesias, ermitas o palacios,
El artesonado fue utilizado ya en la arquitectura romana, pero es a partir de los siglos XIII y XIV cuando se empiezan a construir en iglesias, pórticos y ermitas, y ya en el siglo XVI también en palacios y otros edificios civiles importantes.
Los primeros en España fueron obra de mudéjares, musulmanes a los que se les permitía vivir en territorio cristiano y desarrollar su arte decorativo.
Difícil trabajo el de estos hombres que nos dejaron obras de tal belleza e importancia y merecedoras de atención y conservación.
Son muchas las armaduras de madera, con mayor o menor decoración, existentes en las iglesias o ermitas de esta comarca de los Valles de Benavente, pero también hay algunos artesonados. No hace mucho tiempo, la prensa provincial y local se hicieron eco de lo ocurrido, sobre el tema, en los pueblos de Fuentes de Ropel y Sitrama de Tera. En el primero por la retirada de su emplazamiento de la armadura, al reparar el tejado de la iglesia. Las tablas decoradas y en buen estado, parece ser que están recogidas en lugar apropiado, con vistas a su colocación en otro lugar, pues el que ellas tenían ya no será posible. Las más deterioradas por el tiempo y otros elementos fueron desechadas. La pena es que un proyecto adecuado, con el debido presupuesto, no hiciesen posible la conservación de todas las tablas y vigas que conformaban la armadura de dicha iglesia. En el caso de Sitrama de Tera la noticia positiva ha sido la reparación, en este caso del artesonado, y en el mismo lugar que ocupaba, desde hace ya siglos, en la iglesia, en su presbiterio. Los vecinos de Sitrama han aprovechado para restaurar también algunas pinturas e imágenes de valor que todavía tiene su iglesia. Ojalá que lo realizado en Sitrama se pueda hacer también en otras armaduras o artesonados de esta comarca.
Si hacemos un recorrido por los Valles nos encontramos que son muchas las armaduras existentes en pórticos o naves de iglesias y ermitas, algunas decoradas con pinturas o grabados en la madera. Así vemos en San Juan del Mercado de Benavente, en Brime de Urz, Navianos de Valverde, Colinas de Transmonte, etc., muchas de ellas restauradas o reparadas convenientemente, aunque haya algún ejemplo en que han pasado a peor vida, pues su destrucción ha ido pareja a la destrucción de la iglesia, como ha ocurrido en la iglesia de las santas Justa y Rufina de Calzadilla de Tera. También son muchos los artesonados existentes, algunos ya restaurados, como los de las iglesias de Santa Colomba de las Carabias, San Cristóbal de Entreviñas, Villanueva de Azoague etc., en el Valle del Esla, y otros esperando dicha restauración como los de Bercianos, Granucillo, Cunquilla, etc. y sobre todo Grijalba, en el valle de Vidriales. También los hay en el Valle del Tera, como el recientemente restaurado de Sitrama, al que me he referido con anterioridad.
Merece la pena que los viajeros por los pueblos de esta comarca, además de contemplar su arquitectura, paisaje u otras obras importantes en cada caso, se acerquen y visiten también sus ermitas o iglesias, en muchas de las cuales podrán admirar retablos e imágenes, otros objetos y algunas armaduras o artesonados, de indudable interés y valor artístico. Todo ello, además de arte y belleza constituye una muestra evidente del pasado de dichos pueblos, y de su forma de vida, en este caso relacionada con el hecho religioso.
Son tantos y algunos tan importantes que a las posibles rutas de las fuentes, de las espadañas, de los retablos, de los palomares, o de los paisajes, a las que me he referido en ocasiones anteriores, tendríamos que añadir la de los artesonados.
De vez en cuando quienes están al frente de la Dirección Regional y Provincial de Patrimonio, aprueban y deciden restaurar o recuperar algunos en aquellas iglesias, ermitas o conventos ruinosos o en vías de destrucción. Así ocurrió hace ya muchos años con el artesonado del Convento de San Román del Valle, fundado por los Condes de Benavente y allí enterrados. Hoy se puede contemplar en el Parador de Turismo Fernando II, precisamente en el llamado Salón del Artesonado, una de las visitas obligadas para los que se acercan a esta ciudad. Pero no son muchos los recuperados, y sí más los que destacan por su deterioro que, en ocasiones, es el mismo que sufre la iglesia o ermita.
Algunos, los menos, o el conjunto de la iglesia en donde se ubican, están declarados BIC (Bien de Interés Cultural) o en vías de declaración. Así ocurre con la Iglesia de Santa Colomba de las Carabias. Esto supone su protección, con la consiguiente restauración en el caso de destrucción o deterioro. Los demás deberán esperar a que les llegue el momento con las oportunas y convenientes ayudas para ello.
Los amigos del Patrimonio están a favor de la restauración de los artesonados de algunas de las iglesias de los Valles de Benavente, sobre todo de aquellas en las que, como el caso de Sitrama, tiene antigüedad y gran valor artístico.

jueves, 14 de octubre de 2010

Espantajos o espantapájaros.

Espantajo sobre un muelo en Quintanilla de los Oteros (León)

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Varios espantapájaros en una viña. San Cristobal de Entreviñas.

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Varios espantapájaros sobre una higuera. Villaveza de Valverde.
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Sobre un campo de melones en Vecilla de Transmonte.

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En un huerto detras de la casa en Villanazar.

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Cerca de una viña en Brime de Urz.

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Muñeca espantapájaros en una huerta de Vecilla de Transmonte.

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Original espantapáros bajo un nogal en Villaveza del Agua.

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Sol brillante como espantapájaros en una huerta de Benavente.

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Paseo entre parras con espantapájaros en Brime de Sog.

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El espantajo al que me refiero aquí, de modo especial, es el objeto que simula una figura humana formada, de modo grotesco, con palos o hierros cruzados para los pies y las manos, y sobre los que se coloca un traje. No falta tampoco la cabeza con el sombrero. Este figura antropomorfa se coloca en los campos sembrados o sobre los árboles para espantar a los pájaros y evitar que devoren los frutos y disminuyan la cosecha. De ahí que sea más conocido y denominado espantapájaros. Otros los consideran monigotes, por tratarse de muñecos de trapo o de otro material.
Era muy frecuente, antiguamente más que en la actualidad, ver espantapájaros, en fincas no muy extensas, sobre todo huertos, huertas y pequeñas parcelas. Su finalidad era ahuyentar a las aves que abundaban en la zona y que en poco tiempo eran capaces de acabar con la cosecha de algunas frutas u otro tipo de productos. También se usaban y se usan en las viñas para que no se coman las uvas.
Los materiales empleados para ello suelen ser ropas viejas, usadas ya por las personas: pantalones, chaquetas o abrigos y sombreros. En la confección de los mismos se advierte la creación popular y la originalidad de cada uno, hasta el punto de causar admiración y asombro en quienes pasan cerca y los contemplan.
Es de suponer que la huida y el espanto en las aves esté asegurada, pero no siempre es así, ya que con el tiempo se acostumbran al objeto y nada temen, llegando incluso a posarse sobre el mismo muñeco y seguir comiendo las semilla o los frutos. Lo pudimos comprobar, a finales del mes de agosto, en Quintanilla de los Oteros (León). En las eras del pueblo había un muelo, sobre él un espantajo y a su alrededor se posó una bandada de palomas que comían a capricho el trigo del muelo.
Los campesinos, conscientes de ello, cuando llega la época de la siembra o de la recolección., no suelen repetir cada año las mismas formas y el lugar de colocación de los muñecos. Saben muy bien que nuevas figuras o nuevas técnicas son necesarias para causar la extrañeza y huida a los pájaros.
Los espantapájaros en forma humana o animal no son los únicos objetos que se utilizan actualmente, sino que existen otros muchos, algunos comercializados, como las mallas para cubrir árboles y plantas, las cintas vibradoras, de efectos acústicos y ópticos, aspersores en jardines que lanzan agua al detectar cualquier movimiento, pequeños molinos de viento, etc. En algunos lugares emplean ciertos aparatos, accionados con gas, que producen una explosión cada cierto tiempo y provoca la huida de las aves.
Por otra parte, en el mundo agrario más popular se sirven también de otros artilugios caseros para desempeñar dicha función: cristales que brillan con el sol, discos colgados de las ramas, cintas de cassettes sobre las plantas, que al menor viento se mueven, etc. A veces colocan sobre un palo alguna de las aves cazada con anterioridad.
Pero los espantapájaros más antiguos y, si queremos más artísticos, no cabe la menor duda de que son y fueron siempre aquellos que tenían y tienen forma humana. Es en estos en los que se ve una mayor creación y originalidad por parte del hombre, que desde siempre se preocupó de ello, para que las variadas especies de pájaros no acabasen con su cosecha.
En los Valles de Benavente se ven todavía espantapájaros en algunos campos sembrados de cereales, fincas de regadío y viñedos. También en pequeños huertos, cerca de los pueblos, como el que tiene Isaac Ferreras en la parte de atrás de su vivienda en Villanazar. Él, ya jubilado, pasa gran parte de su tiempo cultivándolo. Y para vigilarlo y cuidarlo mejor, una vez que ha sembrado, y sobre todo al empezar la germinación y la floración, se sirve también de un espantapájaros. “Mire, me dice, todos los años lo hago a mi modo y con los materiales que tengo a mano. Y cada cierto tiempo lo cambio de lugar para conseguir que cause más efecto, impresión o extrañeza en las aves. Pero, a pesar de todo, se habitúan a él y hacen de las suyas”.
Isaac, además del muñeco de siempre, hecho con ropas viejas, tiene por allí también pequeños discos colgados, que se mueven y brillan con el sol. La verdad es que con tanta ayuda y colaboración el huerto está bien atendido y cuidado. No me extraña que consiga buena cosecha.
Al pasar por Vecilla de Transmonte veo también varios espantapájaros: En una finca de melones hay uno en forma humana, en otro lugar una muñeca de trapo sobre un árbol con frutos, botellas de plástico sobre plantas de tomates y otros productos, etc. Pero los que más me llaman la atención son los que tiene Alberto Ferreras sobre los manzanos de su huerta, cuyo fruto estaba recogiendo. Se trata de animales, en este caso conejos, colocados en la punta de unas varas, puestas encima de los árboles. Por supuesto, que se trata de las pieles de dichos animales, rellenas de materiales diversos que dan la impresión de estar disecados.
“Hay que poner cosas novedosas, dice él, si se quiere conseguir un mayor efecto. Pero le puedo asegurar, porque lo he visto, que los pájaros después de cierto tiempo se acostumbran a todo y actúan como si no hubiese nada. Es muy difícil conseguir su huida y más cuando tienen necesidad de alimentarse”.
Tiene también discos, espejos y banderitas de colores sobre los árboles. Por la cantidad y calidad de las manzanas que está recogiendo deduzco que algún efecto habrán causado sus espantapájaros.
He comprobado que en muchos pueblos de los Valles hay personas que siguen utilizando estos artilugios, variados en formas y colores, que no dejan de llamar la atención a los que pasan cerca y los contemplan. Y el que sea una obra más o menos prefecta y artesana depende de la imaginación y creación de sus autores, en este caso casi siempre los mismos agricultores, conocedores como nadie de sus fincas y también de las aves que viven o pasan por allí en las distintas épocas del año. Además ellos realizan todos los trabajos y hacen lo que sea posible pensando siempre en la cosecha o recolección.

lunes, 11 de octubre de 2010

La Barca y el Puente


La Barca de La Ventosa.

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El Puente de Hierro. Benavente.
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1.- LA BARCA

Se la conocía como La Barca de “El Prado”, porque así se denominaba el lugar del río Órbigo en el que estaba el embarcadero y en donde desempeñaba su trabajo, muy cerca del antiguo molino, hoy fábrica de harinas, La Ventosa. Más tarde, en el mismo sitio, se construyó un puente que, deteriorado por el paso de los años y por causa de las aguas del río que, en ocasiones, bajan impetuosas y en grandes riadas, ha dado paso a otro construido recientemente.
El embarcadero, a ambas orillas del río, era muy sencillo, como la misma barca y quienes la pilotaban o guiaban, una mujer a la que acompañaba su hijo en las horas en que se lo permitía la escuela. Se servían de una cuerda atada a ambas orillas y una vara larga que apoyaban en el río para hacer fuerza y conseguir el movimiento.
Aunque tenía un horario, más o menos fijo, solía ser flexible con el mismo y atender a todos aquellos que necesitaban con urgencia su servicio. No era muy costoso atravesar el río en barca, porque, en realidad, tampoco era mucho el gasto, pues no se necesitaba gasolina, ni motor con hélices, ni camarotes, ni puesto de mando, etc, solamente un pequeño esfuerzo humano, que, lógicamente, debía ser recompensado.
Cuando llegaba el invierno y el cauce del río crecía por las lluvias y el deshielo de la nieve de las montañas de León, se tenía que interrumpir, por causas mayores, el servicio, pero no por mucho tiempo, para que los usuarios no tuviesen que hacer un gran rodeo por otros pueblos, otros caminos u otros puentes o barcas, para acercarse a la ciudad de Benavente.
Porque sobre la barca pasaron el río muchos ciudadanos vecinos de los pueblos de Santa Colomba de las Monjas, Arcos de la Polvorosa y Milles de la Polvorosa. Y no sólo las personas sino también animales diversos, como caballos, cerdos, aves, perros, etc.; y también productos del campo: cereales, legumbres, frutas, verduras, etc., todo ello camino de la ciudad de Benavente, famosa siempre por sus mercados y ferias. Y regresaban a sus casas con otros productos, necesarios para su subsistencia. En ocasiones y por diversos motivos, también ciudadanos de Benavente se dirigían hacia los pueblos citados, pasando el río sobre La Barca.
Cuando ella desaparece, no para ir al desguace, ni por vieja, e ineficaz sino por exigencia del progreso, por ser otro el tipo de vida y otras las costumbres, nos queda esta imagen para el recuerdo de..., una barca sobre un río, en un bello paraje, con una mujer y su hijo, en un ir y venir de orilla a orilla y, en resumen, una forma de vida distinta, pero siempre respetable.

2.- EL PUENTE

No se trata de cualquier puente sino de “El Puente de Hierro”. Así lo nombran los ciudadanos de Benavente y por este nombre lo conocen también los habitantes de Los Valles, que con frecuencia se acercan a la ciudad.
Por su construcción, de principios del siglo XX, no es de los más antiguos que existen en los abundantes ríos o arroyos de la comarca, como se pueden imaginar, pero sí tiene algo especial, es “de hierro”, lo cual denota más consistencia y puede perdurar más que otros.
Desde hace ya varios años existe otro puente paralelo a él y de más anchura, que absorbe el abundante tráfico rodado de la ciudad y el que procede de otras partes. Pero este puente “de hierro”, con su barandilla, conserva bien su estructura, y los apoyos necesarios.
Está construido sobre y para atravesar la ría de D. Felipe conocida más antiguamente como el canal o Caño de los Molinos, que, en la actualidad, son las fábricas de harinas La Sorribas y La Ventosa. Precisamente se encuentra entre ambas fábricas.
Nos interesa, más que por su construcción, en este caso, por la función que desempeñó en su época, como paso necesario para todos los que procedentes de Galicia o Sanabria o de gran parte de la comarca se dirigiesen, por aquí, pasando por Benavente, hacia el Norte, Sur o Este del país. Por supuesto que, en esta comarca, tenía más uso, ya que permitía el acceso a la ciudad de todos los habitantes de los Valles que acudían a mercados, ferias y fiestas.
Y por la imagen advertimos cómo lo hacían y cómo vestían. Venían con carros de madera y hierro llevados por reatas de animales, casi siempre mulas, subidos en burros o caballos, o a pie. Por otra parte nos llaman la atención los vestidos largos que llevan las mujeres y los sombreros o viseras con que cubren sus cabezas los hombres. Nos podemos imaginar también que por aquí pasarían otros animales, camino del mercado o la feria, otros tipos de carros o carruajes como las tartanas, las diligencias, etc. y también, como no, los pocos automóviles que hubiera en aquella época.
El Puente de Hierro, enclavado, lo mismo que la barca, en un bello lugar, con el agua de la ría y su abundante vegetación, la antigüedad que lo envuelve, el tipo de construcción, el tener cerca la ciudad y el castillo de los Condes, nos hace recordar aún más la historia, el pasado, la costumbre, la tradición y el modo de vida de las gentes.
Pero, existe alguna diferencia respecto a La Barca, pues, así como la barca pasó a la historia, no ocurre lo mismo con el puente, que todavía está en uso y que, por su importancia, debe ser conservado y restaurado, evitando su deterioro. La contemplación y comparación de la imagen de ambos La Barca y El Puente, nos hace pensar en la destrucción de tantos edificios y monumentos de los que no se conocería nada sino fuese pos las imágenes.


miércoles, 6 de octubre de 2010

Casetas "Guardaviñas"


Cabaña-caseta hecha con manojos de vid en una viña de San Cristobal de Entreviñas.

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Cabaña construida con ramas y palos. Brime de Urz.
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También utilizaron, manojos, palos y hasta plásticos en esta caseta-cabaña. Brime de Urz.
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Caseta con chimenea. Brime de Urz.
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Antigua caseta construida con adobes. Brime de Urz.
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Caseta con más servicios junto a una viña en San Cristóbal de Enttreviñas.
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Todavía se conservan en algunos pueblos de los Valles las antiguas casetas “guardaviñas”, destinadas, como la misma palabra lo dice, a dar cobijo a la persona encargada de guardar o proteger la viña, sobre todo en tiempos de cosecha, contra los robos de las uvas o para alejar, en lo posible, a las aves.
Servían también para protegerse, en tiempo de lluvia o tormenta, quienes estuviesen realizando algún trabajo a lo largo del año: arar, podar, sulfatar, abonar o vendimiar, llegado el momento. En las casetas se guardaban los útiles de labranza y las talegas, cestos o talegones, necesarios para la recogida de la uva. Incluso se comía y se descansaba dentro de las mismas.
Las que hay en Tierra de Campos, el Páramo Leonés y gran parte de las de los Valles de Benavente están construidas con adobe o tapial, materiales más propios y asequibles en estas tierras, aunque también se ven algunas de ladrillo. La piedra se utiliza en otras regiones y sobre todo en comarcas y pueblos próximos a la sierra, en donde es más abundante.
Su forma exterior es cuadrada o rectangular. Y en el interior suelen tener un solo espacio o habitación con un lugar adecuado para el hogar, que servía para calentarse en el invierno o calentar la comida cuando fuese necesario. No falta la chimenea en el tejado, para la salida de los humos.
En otras regiones de España en las que se cultiva el viñedo, y sobre todo en la Rioja, se conservan guardaviñas que se denominan chozos o chozas y que tenían la misma o parecida función: servir de refugio y proteger a los agricultores de las inclemencias del tiempo y también para que los guardas o los dueños vigilasen sus cosechas. Son abundantes a partir de la segunda mitad del siglo XIX, pero se tiene noticias de que su origen es más antiguo, tal vez ya existiesen en el siglo XVI, aunque con nombre de cabañas. En general, son de piedra, de una sola planta cuadrangular, rectangular o circular y con una falsa cúpula. Construidos muchos de ellos en mampostería y solamente con sillares en la puerta y en las esquinas, estos guardaviñas son muy distintos a las casetas que se utilizan por estas tierras.
Muchos de estos chozos de la Rioja, lo mismo que las casetas, han desaparecido, pues en la actualidad no se consideran tan necesarias. Algunos de los que se conservan tienen gran importancia etnográfica y patrimonial.
Antiguamente era muy normal que los dueños o propietarios de varias viñas tuviesen siempre alguna a la que apreciaban y cultivaban con más esmero, pues su uva era variada y el vino procedente de ella de buena calidad. Es aquí donde solían construir una caseta guardaviñas en la que pasaban muchas horas a lo largo del año. Y no sólo cuando llegaba el momento de arar, podar, sulfatar, etc., sino sobre todo cuando la uva maduraba y se acercaba la época de la vendimia. Había que vigilar la viña contra robos de personas viandantes, y también de bandadas de pájaros, sobre todo estorninos, que en esta época son frecuentes.
En ocasiones el dueño o el guarda, que se encontraba dentro de la caseta, salía de la misma en el mismo momento en que se estaba cometiendo la infracción, con el consiguiente susto y sorpresa para los infractores. Su sola presencia era suficiente para que se evitase el robo.
A veces tomaba otras medidas disuasorias, tanto contra las personas como contra las aves: colocar paneles de madera con la inscripción ‘Prohibido el paso o acceso’ o espantapájaros en diversas partes de su viña. En cierta ocasión la imaginación del propietario-guarda fue a más y en un panel escribió: ‘Campo envenenado’ pensando en que se respetaría, pues comer uvas con los insecticidas o sulfatos podía ser peligroso para la salud. Pero no faltó tampoco la imaginación de uno de los que pasaban por allí que, a su anuncio prohibitivo, añadió lo siguiente: ‘Lavándolo, no hay cuidado’. Y allí estuvo el cartel hasta que el dueño descubrió la broma pesada que se le había hecho y lo retiró. En vista de lo cual decidió ir con más frecuencia a su caseta para vigilar su viña, no fiándose de anuncios ni de prohibiciones.
La caseta guardaviñas desempeñaba su función y se consideraba necesaria, por lo que, siempre que se deterioraba, se reparaba. En algunos pueblos de los Valles se ven algunas bastante antiguas, de adobe o tapial. Otras, más recientes, se construyeron de ladrillo.
En ocasiones y de modo provisional los agricultores construían y construyen en su viña con palos y manojos procedentes de la misma viña, una especie de caseta-cabaña. Estas suelen tener menos duración y era necesario renovarlas o reconstruirlas casi todos los años, pues el material se va destruyendo con el paso del tiempo. Desde dentro de ellas el guarda cuida y vigila también a su viña.

lunes, 4 de octubre de 2010

Cepillos o limosneros.


Cepìllo utilizado hace años en la iglesia de santa María del Azogue de Benavente.

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Pequeño limosnero para el Corazón de Jesús en santa Colomba de las Monjas.
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En Morales de Valverde aún conservan este cepillo.
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En Pozuelo de Vidriales está colocado a la vista de todos y lo siguen utilizando.
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Dedicado al Corazón de Jesús vimos este cepillo en Motederramo (Orense).
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Y este limosmero para las Benditas Ánimas estaba en el monasterio de Xunqueira (Orense).
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Cepillo junto a un candelabro delante de una tabla pintada. Alija del Infantado (León).
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Dos cepillos o limosneros para santa Bárbara y Santiago. Museo Etnográfico de León en Mansilla de las Mulas.
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Cepillo es diminutivo de cepo, en latín cippum de capere (coger, recoger). Se trata, en el caso al que me refiero, de una arquilla, generalmente de madera, también los hay de metal, piedra y otros materiales, con una ranura, que se utiliza precisamente para introducir y recoger monedas como donativos o limosnas, de ahí que también se les denomine limosneros. Todos o casi todos están provistos de cerradura.
Se encuentran en catedrales, iglesias y ermitas, antiguamente en mayor número que en la actualidad. También los hay en otros lugares no religiosos, para que quienes lo deseen depositen su dinero.
Los que hay en las iglesias suelen estar fijos a la entrada de la capilla o junto al altar de la virgen o del santo, para el que se pide la limosna. Y algunos son más abundantes que otros, según el santo o virgen de que se trate, pues unos gozan de más prestigio y son mas venerados que otros. Así ocurre con los cepillos de Las Ánimas, San Roque, San Antonio, San Francisco, La Milagrosa, etc. Pero también los hay móviles, que el sacristán o los monaguillos llevan en sus manos cuando llega el momento de la petición o colecta durante la misa, o en otros momentos de la liturgia. Los fieles introducen las monedas o billetes en la ranura del mismo, que no podrá abrirse sin ayuda de una llave.
Los dineros obtenidos en los que están dedicados a vírgenes y santos tienen una finalidad concreta, que es atender al altar y a su imagen o culto. En este caso son los fieles los que hacen la elección. Es evidente que hay cierta discriminación, pues al ser unos santos más queridos y venerados que otros, también sus donaciones pueden ser mayores. No estaría mal que el reparto fuese equitativo, por parte de quien se encarga de ello.
Hay también cepillos en otros lugares, no religiosos, a disposición de los donantes. Sus dineros suelen ser para ayudar a los necesitados o para entregárselos a instituciones o asociaciones benéficas.
Aunque algo menos, todavía se siguen utilizando en algunas iglesias los cepillos, más los fijos que los móviles. Y en ellos las personas piadosas depositan sus limosnas. Pero durante la misa de los domingos y días festivos se suele usar más, en la actualidad, una pequeña cesta o bolsa para la colecta. Y el celebrante informa cada día del fin o fines a los que se dedica el dinero recaudado: Cáritas, Domund, Manos Unidas, necesitados de la parroquia, etc.
En algunas iglesias de los Valles de Benavente se conservan los antiguos cepillos, muchos de ellos de madera, aunque casi ya no se usen. Llama la atención su variedad por los colores, formas y decoración.
Podemos decir que hasta los cepillos llegó también el arte o la artesanía, pues los hay con pinturas o imágenes en relieve de las vírgenes o santos a ellos dedicados. Al menos así son algunos de los que hemos visto en iglesias y monasterios de Galicia, como muestran las fotografías.
Muchas tradiciones han pasado ya a la historia, pero de ellas se conservan relatos, dichos, y también objetos, como es el caso de los cepillos, a los que hemos querido dedicar una líneas para su conocimiento y admiración.