domingo, 3 de agosto de 2014

Etnografía: Colección de Eusebio Labrador Fermoso. Villanueva de Azoague.



Eusebio en una de las salas, con su colección etnográfica.
Cada vez son más las personas que sienten verdadero amor y respeto por el pasado y han dedicado un tiempo de su vida, o lo dedican una vez jubilados, a coleccionar o reunir en su domicilio objetos o piezas relacionados con las costumbres, tradiciones y forma de vivir antiguamente. Y no es que estén en contra de la modernidad, sino que sus recuerdos y vivencias de la niñez, junto a su familia y en su lugar de nacimiento, han influido tanto que se han sentido enormemente atraídos por ello. Y han visitado museos etnográficos, comercios, pueblos, etc.,  y en sus viajes tampoco se han olvidado de su afición, hasta el punto de comprar objetos de otros lugares, incluso en distintos países, con tal de que tengan que ver con esta su afición. Sus conocimientos sobre el tema son tales que pueden dar cuenta perfectamente del tipo de objeto, su utilidad, el lugar de procedencia y todo tipo  detalles.       
Estos ocurre con Eusebio Labrador Fermoso que, aunque se jubiló a los 63 años (ahora tiene 68), ya en 1989 comenzó a coleccionar objetos, algunos de gran valor etnográfico.
“Siempre sentí nostalgia por el pueblo en el que nací y un gran respeto por sus costumbres y forma de vivir en el pasado. Resulta que un día los hijos de E. Hidalgo, que tienen una ferretería en Benavente, me regalaron un serón y la polea de una aventadora. Poco después le dije a mi padre que me regalara un antiguo molino que tenía por allí y algunos otros objetos. A partir de este momento, con las demás cosas que había por casa y muchas otras que yo he comprado, he formado toda esta colección”.    
Es natural de Vega de Villalobos, un pueblo de tierra de Campos, no lejos de Villalpando. Reside habitualmente en Madrid, aunque pasa algún tiempo, sobre todo durante el verano en una localidad próxima a Benavente, en donde tiene una casa. Aquí se lo pasa muy bien, pues a Eusebio también le gusta el campo y la  naturaleza, y  sobre todo estar no lejos del río.
Aunque Vega de Villalobos está también cerca de Benavente su relación con la ciudad le viene porque estudió el bachillerato en el Colegio Virgen de la Vega. De hecho él ejerce y cumple como exalumno, pues participa en alguna de las actividades que organiza la Asociación. 
Labrador es su apellido y, feliz coincidencia, labrador fue el oficio de su padre  y de su familia, que vivieron  siempre en su querido y añorado pueblo de Vega de Villalobos. “Éramos ocho hermanos, me dice, y había mucho que trabajar, para atender bien a la tierras. A pesar de ello, algunos años las cosechas no eran muy buenas. Yo comencé a estudiar para Perito y también Magisterio, pero al final lo deje todo y me puse pronto a trabajar, dedicándome siempre a la dirección de empresas relacionadas con el automóvil”.
En su casa tiene dibujos y relieves en piedra de su apellido e incluso un libro de encargo con el árbol genealógico del  mismo. Todo esto y las fotos antiguas que nos enseña, con imágenes de su familia y también de las fiestas y tradiciones del pueblo, demuestran y confirman su gran amor y respeto por el pasado y por los que en él vivieron.
Su mujer, aunque nació en Asturias también está ligada a estas tierras de Benavente, pues su padre ejerció de maestro en Milles de la Polvorosa, en Matilla de Arzón y por último en el Colegio Fernando II de la ciudad. Les gusta venir con frecuencia a pasar unos días por esta comarca, sobre todo a partir de la primavera cuando hay más y mejor luz, el campo está verde y lleno de flores, y el agua sigue pasando muy cerca de su domicilio. Disfrutan, al menos una temporada, de la tranquilidad que no ofrece la gran ciudad.
Comenzó su colección, como he dicho anteriormente, a partir del año 1989. Y son tantos los objetos o piezas que ha reunido que necesitaría mucho más espacio, si pretendiese, como en un museo,  colocarlo todo en orden y debidamente catalogado y fichado. Pero, a pesar de todo, Eusebio conoce bien cada una de las piezas por su nombre, la procedencia y el uso que tenían. Y hasta se acuerda del coste de todas aquellas que ha comprado, y a quién y cuándo lo hizo.
Muchas de ellas tienen que ver con la agricultura. En el patio tiene algunos carros y un trillo. Y luego en el local vemos aperos de labranza: algún arado, yugos variados en su forma y uso, bieldos, garios, horcas, tentemozos (para elevar el carro), zarandas y muchos recipientes para medir cereales, áridos, líquidos etc.  “Esta media fanega es de mi abuelo Quiterio y el rasero también”, me dice mientras hace una demostración de su uso. Y estas son maquilas que utilizaban los molineros para cobrar su trabajo en especie”.
Carro antiguo de montaña.
Medidas de cereales y otros granos.
Maquilas de molineros.
Otras pequeñas medidas.
Tiene una buena colección de yugos.
Relacionados con la ganadería: colleras y collerines, sobeos, ordeñadoras de regiones diversas, aciales, etc. También hay varias jaulas, algunas muy vistosas, como la de alondra que es de madera, con una forma especial y muy antigua.       
Jaula de alondra.
Otras jaulas.
Vemos también objetos relacionados con antiguos oficios como el alfarero: cerámicas elaboradas en esta y otras provincias; el herrero: romanas diversas y útiles agrarios de hierro.

También tiene cerámicas variadas y de distintos lugares.
Una báscula muy antigua.
Eusebio con un cardador de lino en sus manos.
Pero son más los objetos que tienen que ver con la vida doméstica tradicional. Multitud de enseres que, aunque estén colocados entre otro tipo de piezas, se distinguen muy bien: chocolateras, molinillos, fuelles, faroles y candiles, antiguos relojes despertadores, carburos, bregadora o breguil (para amasar), un calentador de cama, máquina de hacer chorizos, etc. Tiene también una variada muestra de llamadores de las puertas, y de romanas y básculas.

Vista general de otra de las salas.
Algunos de los relojes, despertadores antiguos, de su colección.
A todo ello hay que añadir un organillo, la joya de su colección de antigüedades, que se conserva en muy buen estado. Lo compró en su pueblo y a juzgar por la demostración que nos hace (toca un tango y un pasodoble), funciona perfectamente. De vez en cuando, tanto él como su familia, disfrutan con su sonido y sirve para recordarles la música y los bailes tradicionales.  

Eusebieo explica a su amigo J. L. Zanfaño, el funcionamiento del organillo.
De vez en cuando toca una pieza en el antiguo organillo.
Estamos ante una importante colección no sólo por la abundancia y variedad de piezas, sino también por la antigüedad de muchas de ellas, y algunas incluso de gran valor económico por ser pocos los ejemplares existentes de las mismas. Eusebio se ha preocupado de reunir y cuidar su colección ya antes de su jubilación, pero mucho más después. En su casa tiene un pequeño taller donde limpia, retoca o repara y restaura las piezas u objetos en la medida de lo posible. Son muchas las horas que ha dedicado a ello, tanto aquí como en su domicilio de Madrid.
Pero los años y la vida no pasan en balde. Ha disfrutado mucho con esta su afición, pero sus hijos viven fuera, alguno lejos de España y no ve salida ni futuro para todo esto. Por eso me dice, con gran pesar, que tanto la casa en la que vive, como el local donde tiene su colección, e incluso la misma colección, van a tener otro destino, pues lo tiene puesto a la venta por si alguna persona está interesada.
Seguramente que dentro de unos años, cuando ya no esté en su poder, sentirá de nuevo nostalgia del pasado y se acordará de su pueblo, sus gentes y su familia, y por supuesto de su colección etnográfica a la que tantas horas dedicó a lo largo de su vida y que tantas satisfacciones le proporcionó.